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Otra promoción de alumnos de Bachillerato que se nos va, otro fragmento de historia de nuestro colegio, de vivencias compartidas. El viernes 29 de mayo decíamos adiós a la promoción número treinta y siete. En esta ocasión el lugar escogido para la celebración fue el Edificio Heracles de la Zona Franca.

El acto contó con varias intervenciones destacadas. El primero en tomar la palabra fue D. Alberto Fernández Candón como coordinador de Bachillerato. En representación de los padres intervino María Dolores Macías Recuerdo, presidenta de la Asociación de Madres y Padres. En nombre de los profesores tomó la palabra Doña Higina Zumaquero, profesora de Bachillerato. A continuación le llegó el turno a los alumnos. En su nombre tomaron la palabra Teresa Ríos Moguer y Jorge López Cano.

Tras la imposición de becas se dio paso a la entrega de una matrícula de honor al alumno Jorge López Cano y de tres menciones honoríficas que correspondieron a Jorge Van Looy, Javier Portela y Carmen Olid.  Cerró el acto el discurso de nuestro director D. José Manuel García Gil del que reproducimos algunos fragmentos:

Queridos profesores, queridos padres y familiares, mis muy queridas alumnas y alumnos que termináis 2º de Bachillerato: Cuando a un célebre juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos le pidieron que definiera la pornografía, respondió: “La reconozco cuando la veo”. Yo pienso que la felicidad es otro de esos conceptos contra los que se estrella cualquier diccionario. Si me preguntan qué es la felicidad. Bueno, la reconozco cuando la veo. Y esta tarde la tengo delante de mí. La veo en vuestras miradas emocionadas y encendidas. Una pandilla de almas jóvenes, triunfadoras y soñadoras, a punto de emprender un largo viaje. La veo también en la alegría de vuestros padres y familiares, en la de los profesores, conscientes todos de que estamos asistiendo a un momento importante.

Un año más este Colegio, entre melancólico y alborozado, mediante este emotivo acto, os despide con un lógico sentimiento agridulce, una mezcla de satisfacción por el deber cumplido, por unos y por otros, y de tristeza por lo que supone de despedida entrañable tras varios años de convivencia como miembros de nuestra comunidad educativa. Pero la vida nos exige, nos demanda, dejar etapas para iniciar otros caminos que nos ayuden a crecer.

Sin embargo, para mí, este discurso no es un discurso de clausura, sino de inicio. No es de despedida sino de compromiso. Me gustaría que esta ceremonia se pareciera a la botadura de un barco, de 22 barcos. Llega un momento en que, como decía Fernando Pessoa, es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Esa es la razón por la que lanzamos estos navíos al agua, para que comiencen emocionantes singladuras. Atrás queda el duro trabajo en los astilleros. En el lenguaje naviero se distingue entre la “obra viva” y la “obra muerta” de un barco. La obra viva es la que está por debajo de la línea de flotación, aguantando la presión de las olas, manteniendo a flote la embarcación. Ese ha sido el trabajo y el esfuerzo vuestro, el de los profesores y el de vuestros padres: construir la obra viva de vuestros proyectos y de vuestras ilusiones. Pero para que haya historia, el viaje tiene que empezar. Hemos trabajado durante estos años en esos astilleros imaginarios para que llegara este momento. Y ha llegado la hora de partir.

Antes de la botadura, permitidme que agradezca a quienes han sido parte indispensable de este proyecto, porque sin ellos no habría habido final feliz.

En ese sentido, debo empezar, en primer lugar, por vosotros, padres y madres, que elegisteis este colegio y pusisteis en nuestras manos una de las cosas más importantes de vuestras vidas: la educación de vuestros hijos e hijas. Imagino que son muchas las emociones y recuerdos que surgirán esta tarde en vuestras mentes y corazones.

Quiero agradecer también, como director, el trabajo de todos los profesores del colegio, de todas las etapas. Ellos son la clave de bóveda de vuestra formación, indispensables para cualquier colegio. La correa de transmisión de la herencia recibida. Profesoras y profesores que os han ayudado, con esfuerzo y generosidad, a situaros en el mundo, de múltiples modos y maneras.

Queridas alumnas y alumnos, el mundo en el que estáis a punto de integraros no goza de buena reputación. Sois el colectivo más castigado por la crisis. Os acecha un capitalismo deshumanizado y un Estado plagado de agujeros democráticos. No es un lugar agradable, como muy pronto descubriréis. Pero es el único mundo disponible: no existe alternativa. El mundo de ahí fuera es una jungla, y un desierto, y un terreno resbaladizo, un pantano… Y todo ello no sólo literalmente, sino también, lo que es peor, metafóricamente. Sin embargo, como dijo el poeta Robert Frost: la mejor forma de escapar es persistir. Persistir, porque las cosas siempre pueden ser de otra manera.

El viaje estará lleno de obstáculos y errores que os harán tambalear, pero también hay que aprender a navegar a través de ellos. Para eso, no debéis olvidar que esa felicidad, que veo ahora en vosotros, debe ser una disposición de la mente. La calidad de vuestra vida dependerá de la calidad de vuestros pensamientos. No la hagáis depender, bajo ningún concepto, de lo que pasa a vuestro alrededor. Cuanto más abiertos estéis a vuestros sentimientos, muchísimo mejor será el mundo de ahí afuera, porque entonces podréis entender el de los demás, más rebajas os harán, ligaréis mucho más cuando salgáis, muchos más colegas tendréis. El valor absoluto y el poder de lo que podéis hacer en vuestra vida está dentro de vosotros.

(…) Quiero creer que el esfuerzo y la constancia en el cumplimiento de esa misión ha servido para mitigar los errores que hayamos cometido. Pretendimos que el colegio fuera un espacio de libertad donde los más y los menos inteligentes, los más y los menos extrovertidos, los más y los menos trabajadores tuvieran la oportunidad de mostrarse siempre, respetuosamente, tal cual son: en su salsa. Y ojalá esa dedicación haya servido también, para daros a conocer un proyecto educativo común, un sentido de pertenencia, de historia compartida. El hombre es el único animal que se acompaña. Y muy probablemente sea saber acompañarse todo cuanto de fundamental puede alcanzar a saber el hombre. En todo caso, lo seguro es que sin este saber cualquier otro saber de nada vale.

Una parte esencial de vuestras raíces, de vuestros vínculos, está aquí, en el colegio Argantonio, misteriosamente embrollada en los juegos y vivencias de la niñez y de la adolescencia y, por alguna extraña razón, esa parte se mantendrá incólume y os permitirá reconoceros sólo con veros, sólo con cambiar unas palabras, con cumplir unos gestos. Ese trozo de vuestra vida, la posibilidad de contemplar vuestro colegio desde la distancia y, por lo mismo, paradójicamente sentirlo más próximo, irá siempre con vosotros e irá presentándose, llegando de ese pasado que nadie sabe dónde queda. José Saramago (uno de cuyos últimos libros fue Las pequeñas memorias) decía que uno va con el niño que fue.

Como lo de contar historias me gusta, voy a terminar con una vieja historia. Dice una leyenda, con lo todo lo que las leyendas tienen de verdad y todo lo que las leyendas tienen de mentira, que un pobre labrador vivía en una humilde casa en el campo. Una casa con un tejado rojo y con un pequeño huerto y un hermoso limonero en el centro.  Cuenta la leyenda que una noche se quedó dormido y tuvo un sueño. El sueño le ordenaba emprender un viaje muy largo desde su aldea hacia el palacio del rey, porque escondido bajo los helechos que rodeaban un pozo de mármol blanco, en uno de los patios, había un gran tesoro enterrado.

«¡Tres veces seguidas tuvo el mismo sueño! Es cierto que los sueños sólo son sueños, pero… ¡tres veces seguidas…!». La mente de labrador daba vueltas. Su situación económica era difícil. ¿Sería posible que su pobreza se resolviera por un simple sueño? ¡Eso nada más que ocurre en los cuentos!, se dijo. Pero, ¿y si fuera verdad?

El labrador vivía a muchos kilómetros del palacio. Pero su necesidad era apremiante, y máximas la tentación y el deseo. Así que tomó sus cosas, y se dirigió a la ciudad donde estaba el palacio en el que vivía el rey.

Allí llegó después de varios días. Y allí vio el patio que apareció en sus sueños, el pozo de mármol blanco, los helechos; todo idéntico. «¡Voy a empezar a cavar!», se dijo. Pero comprobó que eso iba a ser prácticamente imposible. El palacio estaba custodiado, día y noche, por centinelas que vigilaban celosamente para que nadie cruzara sin autorización al patio («¡Esto no aparecía en el sueño!»).

Desilusionado por un lado, y desesperado por otro, daba vueltas y vueltas por las inmediaciones del palacio, con la esperanza de que en algún momento algún centinela se distrajera lo suficiente como para colarse y cavar en el lugar donde soñó el tesoro que lo haría rico. Pero ya tenía la casi segura convicción de que no iba a poder hacerlo. Sentado frente a la puerta del palacio, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas, se veía a sí mismo como un tonto por haber creído en un sueño. El rey, que se percató de su presencia, por curiosidad, lo mandó llamar a través de uno de los centinelas.

«¿Qué te pasa, buen hombre?», le preguntó gentilmente. El labrador no respondió. Estaba paralizado del miedo…» A ver, cuéntame lo que tienes. Te he visto durante varios días rondando por aquí, y parece que estás buscando algo», insistió el rey. El labrador pensó que no había nada mejor que decir la verdad, y le contó con humildad lo de sus sueños; lo de su situación económica y lo de su largo viaje.

Al escuchar esto, el rey empezó a reírse a carcajadas. ¿Has gastado tus zapatos en un viaje sólo por un sueño?¿Que persona sensata puede creer en esas cosas? ¿Acaso piensas que es posible que haya un tesoro enterrado en este palacio y que yo no lo sepa?, se preguntó el rey. Y añadió: «Yo también hace tres noches seguidas que estoy soñando lo mismo: con una voz que me manda ir hacia una aldea, donde vive un labrador, en una casa con un tejado rojo, con un pequeño huerto, con un limonero en el centro bajo el cual hay enterrado un gran tesoro. ¿Crees tú que yo voy a ir hasta allí, sólo para comprobar si son reales mis sueños? «Imagínate viajar hasta el otro extremo del país y entrar en todas las casas humildes de cientos de labradores por un sueño”. Nuestro labrador escuchó atentamente al rey y no dijo nada. Se despidió y regresó lo más rápido que pudo a su lejana tierra. Al llegar a su casa, corrió al huerto y empezó a excavar bajo el limonero. Para su sorpresa, allí encontró enterrado el verdadero tesoro que puso fin a su miseria.

Para encontrar ese verdadero tesoro no es necesario ir a buscarlo a lugares o países remotos. Está enterrado muy cerca, en vuestra casa, o sea, dentro de vosotros mismos, en vuestras ideas y valores, en vuestros pensamientos y sentimientos. En esta tarde memorable, yo soy el rey de la leyenda que os cuenta su sueño, para que cuando os vayáis lejos, no olvidéis que en vuestra casa, en vosotros mismos se encuentra el mayor de los tesoros. Un tesoro en el que el colegio Argantonio puso algunas de vuestras más hermosas monedas.

Queridas alumnas y alumnos: Os merecéis lo mejor. Os deseo mucho más que simple suerte. Hasta siempre.

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