belenCorría el mes de diciembre de 1972. El Colegio Argantonio hacía apenas dos años que había abierto sus puertas para hacer un centro de enseñanza en el que su ideario era la comunicación, el respeto, el amor, el trabajo y todo lo que conlleva una buena y compartida educación.

Aquellas Navidades realizamos una ofrenda muy especial en el campo de deporte que había sido en otro tiempo un terreno baldío. En el patio aquel 23 de diciembre nos encontramos con una familia pobre, sin techo, desamparada. Una familia que estaba compuesta por los padres y dos niños pequeños.

La madre llevaba en su regazo una toca de la que asomaba la carita de un bebé. Esta escena nos conmovió profundamente llenándonos de tristeza. La única luz de esta familia era la que propiciaba la noche estrellada. Nuestro patio era en aquel momento su vivienda. Al ver esa escena decidimos ayudarlos y realizamos con ellos nuestra primera ofrenda, la más especial de todas por lo que tuvo de simbólica.

Para esa familia recogimos ropa, alimentos, dinero. Nuestros alumnos y padres colaboraron intensamente con un fervor y una implicación memorables. Con todo ese equipaje de buenos sentimientos bajamos al patio con panderetas. Las voces de nuestros niños entonaron villancicos que fueron como caricias volando por aquel diciembre helado, caricias que fueron a posarse en esta familia desamparada.

Después de aquello -y durante unos años- esta familia vendría a visitarnos agradecida varias Navidades, trayéndonos una maceta de espárragos. Nosotros nos seguimos acordando de este Cuento de Navidad, tan real como la vida misma.